Como siempre, internet nos ofrece servicios con ventajas cada vez más sorprendentes. Desde hace no mucho tiempo podemos leer un libro desde casa, sin necesidad de comprarlo en la librería o sacarlo de la biblioteca. ¿Cómo? Descargándolo por internet.
Google fue el pionero en este servicio digitalizando numerosos libros desde 2004. El acuerdo que firmó con bibliotecas anglosajonas suscitó la polémica y a partir de ahí hemos asistido a muchos debates acerca de los beneficios de este nuevo servicio por internet.
Todas las empresas implicadas defienden la importancia de la preservación del patrimonio, sin embargo, pocas reconocen que este inocente objetivo esconde una motivación de fondo más relevante: hacer negocio. Después de que Google se aprovechara durante años de esta situación, en 2009 fue demandado por numerosos escritores que reclamaban sus derechos de autor. Los responsables aceptaron gustosos de pagar una cuantiosa suma, pero el negocio continúa, no sin medidas de seguridad más estrictas para la defensa del autor.
La pregunta es: ¿hasta qué punto nos beneficia la digitalización del patrimonio? Es muy cómodo no tener que salir a comprar un libro, pero ¿qué hay de la satisfacción de tocar sus páginas o de que no te piquen los ojos al leerlo directamente de la pantalla del ordenador? Otra pregunta que me gustaría lanzar al aire es: ¿dónde están los límites de internet? ¿acabaremos obteniéndolo todo a través de la web, de tal forma que acabemos siendo meras mentes pensantes con los músculos atrofiados y el culo plano? Ahí queda eso.
jueves, 5 de marzo de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario