
La descarga de música por medio de servidores y programas en Internet está cada vez más en el punto de mira de políticos y las autoridades en general.
En un principio, la gratuidad de este servicio fue una revolución, gracias a programas como el Naspter (1999). Sin embargo, no tardó en ser penalizado y lo pudimos comprobar teniendo que cambiar de programa cada año más o menos (todos hemos pasado primero por el Napster, KazaA, Ares, Emule, etc..).
No obstante, los informáticos más abispados han ideado nuestras formas de descargarnos música por internet sin tener que pagar ni un céntimo. La última novedad son las descargas P2P (peer to peer), que consisten en que el usuario se convierte en cliente y servidor, los usuarios están interconectados por lo que la conexión va más fluida. Además, este servicio permite que podamos descargarnos la canción a nuestro ritmo, por partes, es decir, al no ser un servidor la base de todo, sino que son enlaces a otras páginas, no hay bloqueos, ni colas, ni canciones permanentemente esperando comenzar la descarga. Este sistema de enlaces distribuidos por toda la red permite una mayor grado de dificultad para encontrar a los responsables de estas nuevas formas de descargas ilegales.
A pesar de todo, se han iniciado políticas de espionaje por parte de los gobiernos europeos (siendo Francia la pionera) para penalizar a aquellos usuarios que descarguen música o películas gratuitas por Internet. Esta medida se ha llevado a cabo a pesar de lo costoso de su implantación. Se está tratando de poner en práctica en el resto de países, presionando principalmente a España por ser uno de los mayores consumidores de música gratuita por la red.
Como consumidora ocasional de este servicio ilegal, me gustaría decir que según Benjamín Arregocés y Juan Carlos Miguel de Bustos la venta de politonos vía sms, de descargas de música de pago por Internet, y el aumento (o la estabilidad) de CDs tradicionales ha contribuido al mantenimiento de las discográficas. Por ello, en contra de lo que muchos usuarios pensábamos, los autores y sus empresas no se han visto perjudicadas en exceso por la revolución de la música gratuita.
En definitiva, si todos salimos ganando, ¿por qué llevar a cabo medidas tan drásticas de espionaje de particulares violando el derecho a la intimidad por parte de los gobiernos, gastando además tanto dinero público tan necesario en tiempos de crisis?
En un principio, la gratuidad de este servicio fue una revolución, gracias a programas como el Naspter (1999). Sin embargo, no tardó en ser penalizado y lo pudimos comprobar teniendo que cambiar de programa cada año más o menos (todos hemos pasado primero por el Napster, KazaA, Ares, Emule, etc..).
No obstante, los informáticos más abispados han ideado nuestras formas de descargarnos música por internet sin tener que pagar ni un céntimo. La última novedad son las descargas P2P (peer to peer), que consisten en que el usuario se convierte en cliente y servidor, los usuarios están interconectados por lo que la conexión va más fluida. Además, este servicio permite que podamos descargarnos la canción a nuestro ritmo, por partes, es decir, al no ser un servidor la base de todo, sino que son enlaces a otras páginas, no hay bloqueos, ni colas, ni canciones permanentemente esperando comenzar la descarga. Este sistema de enlaces distribuidos por toda la red permite una mayor grado de dificultad para encontrar a los responsables de estas nuevas formas de descargas ilegales.
A pesar de todo, se han iniciado políticas de espionaje por parte de los gobiernos europeos (siendo Francia la pionera) para penalizar a aquellos usuarios que descarguen música o películas gratuitas por Internet. Esta medida se ha llevado a cabo a pesar de lo costoso de su implantación. Se está tratando de poner en práctica en el resto de países, presionando principalmente a España por ser uno de los mayores consumidores de música gratuita por la red.
Como consumidora ocasional de este servicio ilegal, me gustaría decir que según Benjamín Arregocés y Juan Carlos Miguel de Bustos la venta de politonos vía sms, de descargas de música de pago por Internet, y el aumento (o la estabilidad) de CDs tradicionales ha contribuido al mantenimiento de las discográficas. Por ello, en contra de lo que muchos usuarios pensábamos, los autores y sus empresas no se han visto perjudicadas en exceso por la revolución de la música gratuita.
En definitiva, si todos salimos ganando, ¿por qué llevar a cabo medidas tan drásticas de espionaje de particulares violando el derecho a la intimidad por parte de los gobiernos, gastando además tanto dinero público tan necesario en tiempos de crisis?